Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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Estaban todos en la sala de estar cuando bajó de su dormitorio. La tía Elizabeth estaba sentada junto a la mesa. La tía Laura estaba en el sofá a punto de llorar. La tía Ruth estaba de pie sobre la alfombra, junto al fuego, mirando malhumorada al primo Jimmy que, en lugar de estar en el granero, donde se suponía que debía estar, había atado el caballo al cerco del huerto y se había sentado en una esquina, decidido, como Perry, a ver qué iban a hacerle a Emily. Ruth estaba enfadada. Deseaba que Elizabeth no insistiera siempre en admitir a Jimmy en las reuniones familiares cuando éste quería estar presente. Era absurdo pretender que un niño grande como Jimmy tuviera derecho a estar allí.

Emily no se sentó. Fue a colocarse, de pie, junto a la ventana, donde sus cabellos negros resaltaban contra la cortina roja con una nitidez tan suave y clara como un pino en un atardecer de primavera. Fuera, el mundo blanco y muerto yacía en el crepúsculo frío de principios de marzo. Más allá del jardín y de los álamos de Lombardía, los campos de la Luna Nueva se veían muy solitarios y abandonados, con la intensa franja roja del atardecer más lejos. Emily se estremeció.

—Bien —dijo el primo Jimmy—, comencemos de una vez. Emily necesita comer.

—Cuando sepas lo que yo sé de ella, vas a darte cuenta de que necesita algo más, además de comer —dijo la señora Dutton, cáustica.


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