Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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Entonces me he sentado en una vieja roca y he tratado de poner esos momentos de delicada felicidad en un poema. He captado bastante bien la forma, creo, pero no el alma. El alma se me ha escapado.

Cuando he regresado estaba oscuro y el carácter de mi Tierra de la Rectitud parecía cambiado. Era fantasmagórico, casi siniestro. Si me hubiera atrevido, habría echado a correr. Los árboles, mis viejos amigos, eran extraños, ajenos. Los sonidos que oía no eran los alegres sonidos que me acompañan durante el día ni los amistosos sonidos del atardecer, sino ruidos que reptaban, extraños, como si de pronto la vida de los bosques se hubiera convertido en algo casi hostil hacia mí, algo furtivo y ajeno. Me parecía oír pasos a mi alrededor, sentir ojos que me vigilaban entre las ramas. Cuando he llegado a terreno abierto y he saltado el cerco hacia el patio de atrás de la tía Ruth he sentido que escapaba de un lugar fascinante, pero no demasiado sagrado, un lugar dedicado al paganismo y a las fiestas de los sátiros. No creo que los bosques sean del todo santos en la oscuridad. Siempre hay en ellos una vida latente que no osa mostrarse al sol, pero que recupera su lugar durante la noche.

«No tendrías que exponerte a la humedad con esa tos tuya», dijo la tía Ruth.


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