Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Pero no ha sido la humedad lo que me ha lastimado (porque me sentía lastimada). Ha sido ese susurro fascinante de algo no sagrado. Lo temía, pero al mismo tiempo lo amaba. La belleza que he amado en la cima de la colina ha parecido, de pronto, insulsa comparada con esto. Me he sentado en mi habitación y he escrito otro poema. Después de escribirlo he sentido que había exorcizado algo de mi alma y Emily la del espejo ya no me pareció una extraña.
La tía Ruth acaba de traerme una dosis de leche caliente con cayena para la tos. Está sobre la mesa ante mí (tengo que bebérmela) ¡y ha hecho que tanto el Paraíso como la Tierra del Paganismo parezcan absurdos e irreales!
25 de mayo de 19…
Dean volvió de Nueva York el viernes pasado y aquella tarde caminamos y charlamos en el jardín de la Luna Nueva, en medio de un crepúsculo extraño, desusado, que siguió a un día lluvioso. Yo llevaba puesto un vestido ligero y al venir por el sendero, Dean dijo:
«Cuando te he visto he pensado que eras un cerezo blanco silvestre, como aquél». Y señaló uno que se inclinaba y parecía llamarnos, hermoso como una aparición a la luz del crepúsculo, desde el bosque de John el Altivo.