Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Emily gastó treinta y cinco de sus dólares con tanta prudencia que ni siquiera la tía Ruth pudo poner objeciones. Pero con los cinco restantes se compró una colección de Parkman. Era una colección mucho mejor que la del premio (que el donante en realidad había elegido de una lista de pedidos por correo) y Emily se sintió mucho más orgullosa de ella que sí hubiera sido la del premio. Después de todo, era mejor ganarse uno mismo las cosas. Emily todavía tiene esos Parkman, algo desvaídos ya, pero más preciosos para ella que cualquier otro libro de su biblioteca. Durante algunas semanas, estuvo muy feliz y de buen humor. Los Murray estaban orgullosos de ella, el director Hardy la había felicitado y una recitadora local de cierto renombre había leído su cuento en un concierto en Charlottetown. Y, lo más maravilloso de todo, un lector desconocido de México le había escrito una carta en la que le contaba del placer que le había proporcionado La mujer que le dio una azotaina al rey. Emily leyó y releyó la carta hasta sabérsela de memoria y dormía con ella debajo de la almohada. No ha habido carta de amor tratada con tanta ternura.
Pero entonces vino el asunto de la vieja casa de John como vienen las nubes de una tormenta para oscurecer su cielo despejado.