Emily lejos de casa

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Ilse, temblando y sintiéndose muy desgraciada, se recostó. Un «estómago revuelto» no es una dolencia ni romántica ni mortal, pero mientras dura basta para dejar sin valor a su víctima.

Los chicos encontraron una caja llena de leña detrás de la cocina y pronto tuvieron un buen fuego encendido. Perry cogió una de las velas y exploró la casita. En un pequeño cuarto que daba a la cocina había una antigua cama de madera con un colchón de soga. La otra habitación, que había sido la sala de Almira Shaw en los viejos tiempos, estaba medio llena de paja. Arriba no había más que vacío y polvo. Pero en la pequeña despensa Perry encontró algunas cosas.

—Hay una lata de cerdo con judías —anunció—, y otra llena de galletas. En ellas veo nuestro desayuno. Supongo que las dejaron los hijos de Shaw. ¿Y qué es esto?

Perry trajo una botellita, la destapó y la olió con gesto solemne.

—Whisky, como pecador que soy. No es mucho, pero alcanza. Aquí tienes tu remedio, Ilse. Tómalo con un poco de agua caliente y en un abrir y cerrar de ojos te dejará el estómago como una seda.

—Del whisky detesto hasta el olor —gimió Ilse—. Papá no bebe nunca, no le gusta.


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