Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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—Mi tía Tom sí —dijo Perry, como si eso zanjara la cuestión—. Es una cura segura. Prueba y verás.

—Pero no hay agua —objetó Ilse.

—Entonces tendrás que tomarlo solo. Hay apenas dos cucharadas en la botella. Pruébalo. Si no te cura, tampoco te va a matar.

La pobre Ilse de verdad se sentía tan mal que habría tomado cualquier cosa, menos veneno, si creía que había alguna posibilidad de que la aliviara. Arrastrándose, bajo del sofá, se sentó en una silla ante el fuego y tragó su dosis. Era un whisky bueno, fuerte, eso podría haberlo asegurado Malcolm Shaw. Y creo que, en realidad, había más de dos cucharadas en la botella, aunque Perry siempre insistió en que no. Ilse se quedó acurrucada en la silla unos minutos más, luego se levantó y puso una mano insegura sobre el hombro de Emily.

—¿Te sientes peor? —preguntó Emily.

—Estoy… estoy borracha —dijo Ilse—. Ayúdame a volver al sofá, por lo que más quieras. Me tiemblan las rodillas. ¿Quién fue el escocés de Malvern que dijo que él no se emborrachaba, que el whisky se le instalaba en las rodillas? Pero el mío se ha instalado en la cabeza también. Me da vueltas.

Perry y Teddy corrieron a ayudarla y, entre los dos, una Ilse tambaleante llegó a puerto seguro en el sofá.


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