Emily lejos de casa
Emily lejos de casa —Emily, quiero saber qué te pasa —exigió una tarde de sábado cuando Emily, pálida y apática, con ojeras violeta debajo de los ojos, no habÃa comido casi nada durante el almuerzo.
A Emily le subió un poco de color a la cara. La hora temida habÃa llegado. DebÃa contárselo todo a la tÃa Ruth. Y Emily sintió que no tenÃa ni el valor para soportar las subsiguientes preguntas molestas ni el espÃritu para enfrentarse a los porqués y los dónde de la tÃa Ruth. SabÃa a la perfección cómo serÃa todo: horror por el episodio de la vieja casa de John, como si alguien hubiera podido evitarlo; irritación por los chismes, como si Emily fuera la responsable; comentarios insistentes sobre el hecho de que ella siempre habÃa esperado algo asÃ; y luego intolerables semanas de recordatorios y alusiones. Emily sintió una especie de náusea mental ante la perspectiva. Durante un minuto no pudo hablar.
—¿Qué has hecho? —insistió la tÃa Ruth.
Emily apretó los dientes. Era insoportable, pero debÃa soportarlo. DebÃa contarle la historia, lo único que podÃa hacer era contarla lo antes posible.
—No he hecho nada malo, tÃa Ruth. Sólo algo que ha sido malentendido.