Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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—¡Reservado! Habría sido sentido común —bramó la tía Ruth—. Claro que Ilse no podía mantener la boca cerrada. Te he dicho mil veces, Emily, que una amiga tonta es diez veces más peligrosa que una enemiga. Pero ¿tú por qué te preocupas? Tú tienes la conciencia limpia. El chisme va a parar algún día.

—El director Hardy dice que tendría que renunciar a la presidencia de la clase —dijo Emily.

—¡Jim Hardy! Caramba, su padre fue empleado de mi padre durante años —soltó la tía Ruth en un tono de inefable desprecio—. ¿Puede Jim Hardy suponer que mi sobrina puede comportarse de manera impropia?

Emily no entendía nada. Pensó que estaba soñando. ¿Era la tía Ruth aquella mujer increíble? No podía ser la tía Ruth. Emily se enfrentaba a una de las contradicciones de la naturaleza humana. Aprendía que uno puede pelearse con los parientes, juzgarlos, odiarlos incluso, pero que a pesar de todo hay un lazo que los une. De alguna manera, los nervios y los tendones están unidos a los de ellos. La sangre es siempre más espesa que el agua. Que un extraño atacara, bastaba. La tía Ruth tenía, al menos, una de las virtudes de los Murray: lealtad al clan.

—No te preocupes por Jim Hardy —dijo la tía Ruth—. Pronto arreglaré cuentas con él. Le voy a enseñar a la gente a mantener la boca cerrada cuando se trata de los Murray.


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