Emily lejos de casa
Emily lejos de casa La tía Ruth subió las escaleras dejando a una atónita Emily mirando monstruos que se desvanecían. La tía Ruth volvió a bajar, pronta para la batalla. Se había quitado los rulos, puesto el mejor sombrero, su mejor vestido de seda negra, el abrigo nuevo de cuero de foca. Así ataviada, atravesó el pueblo rumbo a la residencia de los Tolliver, en la colina. Estuvo allí media hora encerrada con la señora de Nat Tolliver. La tía Ruth era una mujer gorda, baja y pequeña, con aspecto poco elegante y anticuado, a pesar del sombrero nuevo y del abrigo de piel de foca. La señora de Tolliver era la última palabra en moda y elegancia, con su vestido de París, sus impertinentes y sus cabellos bellamente rizados (los rizos comenzaban a ponerse de moda y la señora Tolliver era la primera en Shrewsbury). Pero la victoria del encuentro no estuvo del lado de la señora Tolliver. Nadie sabe qué se dijo en esa notable entrevista. Por cierto que la señora Tolliver no lo contó nunca. Pero cuando la tía Ruth salía de la casa, la señora Tolliver aplastaba su traje parisino y sus ondas entre los almohadones del diván, mientras lloraba lágrimas de ira y de humillación, y la tía Ruth llevaba en su manguito una nota dirigida a la «querida Emily», escrita por la señora Tolliver, rogándole que tuviera la gentileza de atender el puesto como se había planeado originalmente. El siguiente entrevistado fue el doctor Hardy y otra vez para la tía Ruth fue llegar, ver y vencer. La criada de la casa de los Hardy oyó y repitió una frase de la entrevista, aunque nadie nunca creyó que la tía Ruth fuera en verdad capaz de decirle al digno doctor Hardy: