Emily lejos de casa
Emily lejos de casa ¡Fácilmente! Emily, que la oyó mientras cruzaba la sala, sonrió y suspiró. ¿Qué sabía la tía Ruth, qué sabía nadie de las desilusiones y los fracasos de los que trepan el Sendero Alpino? ¿Qué sabía ella de la desolación y el sufrimiento de quien ve pero no puede alcanzar? ¿Qué sabía de la amargura de quien concibe un cuento maravilloso y cuando lo escribe descubre que ha escrito algo soso e insulso como recompensa a su empeño? ¿Qué sabía de las puertas cerradas y los inaccesibles santuarios editoriales? ¿De las brutales notas de rechazo y del espanto de una tibia alabanza? ¿De las esperanzas diferidas y las horas de angustiosa duda y falta de fe en sí misma?
La tía Ruth no sabía ninguna de estas cosas, pero le dio por los ataques de indignación cuando le devolvían manuscritos a Emily.
—¡Es una impertinencia! —exclamaba—. No le mandes ni una línea más a ese editor. ¡Recuerda que eres una Murray!
—Me temo que él no lo sabe —respondía Emily, seria.
—Entonces, ¿por qué no se lo dices? —preguntaba la tía Ruth.