Emily lejos de casa
Emily lejos de casa «¿Y para qué necesito ayuda? —pensó Emily, desesperada—. ¿Desde cuándo no puedo tomar una decisión sola? ¿Por qué no puedo decir que iré? Ahora no me parece tan claro que quiera ir, sólo siento que debo ir». Ojalá Dean estuviera en casa. Pero Dean no había regresado de pasar el invierno en Los Ángeles. Y, por alguna razón, no podía hablar del tema con Teddy. No había ocurrido nada a raíz de aquel maravilloso momento en la vieja casa de John, nada excepto una cierta reticencia que casi había estropeado su antigua camaradería. Por fuera eran tan buenos amigos como siempre, pero algo se había ido, y parecía que nada había ocupado el lugar vacío. Ella no quería admitir que tenía miedo de preguntarle a Teddy. ¿Y si él le decía que fuera? Eso le provocaría un dolor insoportable, porque demostraría que a él no le importaba si ella se iba o se quedaba. Pero Emily no quería ni considerarlo.
—Claro que iré —afirmó en voz alta. Tal vez la palabra hablada sentara las cosas—. ¿Qué voy a hacer el año que viene si no voy? La tía Elizabeth no me dejará ir sola a ningún lado, seguro. Ilse no se quedará, Perry no se quedará y Teddy probablemente tampoco. Dice que tiene que irse a hacer algo para ganar dinero y seguir estudiando arte. Tengo que irme.