Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Salió al jardín, que descansaba bajo la remota belleza desapasionada de la luz de luna de principios de la primavera, y recorrió sus senderos. Desde lejos llegaba el silbido del tren de Shrewsbury, como la llamada de un atractivo mundo lejano, un mundo lleno de interés, encanto, acción. Se detuvo junto al reloj de sol cubierto de líquenes y leyó la inscripción del borde: «Así pasa el tiempo». Y el tiempo pasaba, rápido, despiadado, incluso en la Luna Nueva, inmaculada como estaba por la ausencia de la prisa, de la carrera de la modernidad. ¿No debería tomar la corriente que se le ofrecía? Las blancas lilas de junio se mecían bajo la débil brisa, Emily casi alcanzaba a ver a su vieja amiga, la Señora Viento, inclinada sobre ellas para levantarles los mentones brillantes. ¿Iría la Señora Viento hacia ella en las multitudinarias calles de la ciudad? ¿Podría ser allí como el gato de Kipling?
«Y me pregunto si en Nueva York me vendrá "el destello"», pensó, con pena.