Emily lejos de casa
Emily lejos de casa —Bueno, alguien como él, te «instalarás»…
—No, nunca me instalaré —replicó Emily, decidida—. Nunca, mientras viva… ¡qué estado más aburrido!
—… y tendrás una sala como esta de la tía Ángela —continuó la señorita Royal, sin tregua—. Una repisa sobre el hogar llena de fotografías, un atril con una fotografía «ampliada» en un marco de veinticinco centímetros, un álbum de terciopelo rojo con una carpetita hecha a ganchillo, una colcha de retazos en el cuarto de huéspedes, un tapiz pintado a mano en el vestíbulo y, como toque final de elegancia, un helecho que adornará el centro de la mesa del comedor.
—No —intervino Emily—, esas cosas no están entre las tradiciones de los Murray.
—Muy bien, sus equivalentes espirituales, entonces. Ah, veo toda tu vida, Emily, aquí, en un lugar como éste donde la gente no ve más allá de sus narices.
—Yo puedo ver más lejos —dijo Emily, irguiendo la barbilla—. Puedo ver hasta las estrellas.
—Hablaba de manera figurada, querida.