Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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Su diario se había convertido en un factor dominante de su vida joven y animada. Había tomado el lugar de ciertas «cartas» que había escrito a su padre durante la niñez, y en las cuales le contaba sus problemas y preocupaciones, pues incluso a los catorce mágicos años se tienen problemas y preocupaciones, en especial si se está bajo la educación estricta y bien intencionada, si bien no demasiado tierna, de la tía Elizabeth Murray. A veces pensaba Emily que, de no haber sido por su diario, se habría hecho añicos a fuerza de consumir su propio fuego. El cuaderno, negro y gordo, le parecía un amigo personal y un confidente seguro para ciertos asuntos que ardían en busca de expresión y eran, no obstante, demasiado combustibles para confiarse a los oídos de cualquier ser vivo. Ahora bien, en la Luna Nueva eran poco frecuentes los cuadernos de cualquier tipo y, de no haber sido por el primo Jimmy, Emily nunca habría tenido uno. Seguro que la tía Elizabeth no se lo habría regalado nunca (la tía Elizabeth consideraba que Emily desperdiciaba demasiado tiempo «con esa tontería de escribir») y la tía Laura no osaba oponerse a la tía Elizabeth en este tema, más que nada por el hecho de que la misma Laura pensaba que Emily podía encontrar una ocupación más provechosa. La tía Laura era una joya, pero algunas cosas se ocultaban a sus ojos.



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