Emily lejos de casa
Emily lejos de casa «Dar el buen consejo de Dios y hablar mal del diablo no es orar».
Escuchó su discurso unos minutos más y llegó a la conclusión de que era obvio, ilógico y sensacionalista, y entonces se dispuso, calculadamente, a cerrar la mente y los oídos a sus palabras y desparecer en la tierra de los sueños, algo que por lo general podía hacer a voluntad cuando se sentía ansiosa de escapar de la cruda realidad.
Fuera, la luz de la luna seguía colándose como una lluvia plateada entre los abetos blancos y los arces, aunque un banco de nubes se estaba formando hacia el noroeste y el repetido sonido de los truenos llegaba por el aire silencioso de la calurosa noche de verano, una noche casi sin viento, aunque ocasionalmente una súbita brisa que parecía más un suspiro sacudía los árboles y ponía a bailar sus sombras en grupos extraños. Había algo extraño en aquella mezcla de belleza plácida y cotidiana y la amenaza de la tormenta inminente, algo que intrigaba a Emily, y pasó la mitad de la alocución del evangelista componiendo una descripción mental para su cuaderno. El resto del tiempo lo dedicó a estudiar a los fieles que estaban al alcance de su vista.