Emily triunfa
Emily triunfa Fueron a la Casa Desilusionada a través del viejo huerto lleno de campanillas, recorrieron el Camino del Mañana, cruzando un prado, subieron una pequeña cuesta de helechos dorados, más allá de un viejo cerco serpenteante cuya madera se había blanqueado hasta tomar una coloración gris plateado y en el que abundaban las siemprevivas silvestres y el aster azul, para terminar subiendo el senderito serpenteante y caprichoso de la larga colina de abetos, tan estrecho que tenían que ir uno tras otro, por un lugar donde el aire siempre parecía susurrar de hermosos sonidos.
Finalmente llegaron a una cuesta salpicada de pequeños abetos puntiagudos, barrida por la brisa, verde, encantadora. Y en la cima, rodeada por la belleza de las colinas y el hechizo de las tierras altas, con grandes nubes arracimadas sobre ella, estaba la casa, su casa.
Una casa rodeada por el misterio de los bosques excepto en el lado sur, donde el terreno caía en una larga pendiente que miraba al lago de Blair Water, que en aquel momento parecía un recipiente de oro apagado, y, más allá, a grandes praderas y a las colinas de Derry Pond, que eran tan azules y románticas como las montañas alsacianas. Entre la casa y la vista, pero no ocultándola, había una hilera de magníficos álamos de Lombardía.