Emily triunfa
Emily triunfa Emily subió por el sendero de la colina para encontrarse con Dean en la Casa Desilusionada. Ese dÃa habÃa recibido una nota de él, escrita a su regreso de Montreal, en la cual le pedÃa que lo esperara allà al atardecer. Estaba esperándola frente a la puerta, ansioso y feliz. Los petirrojos silbaban con suavidad en el bosque de abetos rojos y la noche olÃa a bálsamo. Pero el aire alrededor de los dos estaba cargado con el sonido más extraño, más triste, más inolvidable de la naturaleza: el ruido suave e incesante en una playa lejana en la quietud del anochecer después de una tormenta. Un ruido que se oÃa pocas veces y se recordaba para siempre. Era más triste que el viento y la lluvia en medio de la noche. En él está todo el dolor y toda la desolación de la creación. Dean dio un rápido paso adelante para recibirla, pero se detuvo en seco. La cara de Emily, sus ojos, ¿qué habÃa pasado en su ausencia? Ésta no era Emily, esta muchacha extraña, blanca, remota, en el crepúsculo pálido.
—Emily, ¿qué pasa? —preguntó Dean, sabiéndolo antes de que ella se lo dijera.
Emily lo miró. Si uno tiene que asestar un golpe mortal, ¿para qué intentar suavizarlo?
—Dean, a pesar de todo no puedo casarme contigo —dijo—. No te amo.