Emily triunfa
Emily triunfa Hoy ha sido un lírico día de primavera y ha ocurrido un milagro. Ha sido al amanecer, cuando estaba acodada a la ventana, escuchando un vientecillo susurrante y juguetón que soplaba desde el bosque de John el Altivo. De pronto, me ha venido «el destello», después de tantos meses de ausencia, mi antiguo e inexpresable atisbo de la eternidad. Y en seguida he sabido que puedo volver a escribir. He corrido al escritorio y he cogido la pluma. Todas las horas de la madrugada las he pasado escribiendo y, cuando he oído que el primo Jimmy bajaba, he arrojado la pluma y he inclinado la cabeza sobre el escritorio con un profundo agradecimiento por poder volver a trabajar.
Obtén permiso para trabajar,
es lo mejor que en este mundo tendrás,
pues Dios al maldecirnos nos da mayores dones
que los hombres con sus bendiciones.
Así escribió Elizabeth Barret Browning, y bien que lo dijo. Es difícil entender por qué a trabajar se le llama maldición, hasta que uno recuerda lo amargo que es un trabajo forzado o no deseado. Pero el trabajo para el que somos aptos, ese que sentimos que hemos venido al mundo para hacer, ¡qué bendición es y cuánta dicha encierra! Hoy lo he sentido mientras la antigua fiebre me quemaba la punta de los dedos y mi pluma volvía a ser mi amiga.