Emily triunfa
Emily triunfa TenÃa que haber nacido, por supuesto, porque estaba allÃ, pero era increÃble, pensó ella, que aquel hombre alguna vez pudiera haber sido un bebé. VestÃa ropa audaz y llevaba un monóculo «atornillado» en uno de los ojos, ojos que se parecÃan de manera absurda a pasas negras, con unas cejas negras que formaban triángulos rectos sobre ellos. Llevaba una melena negra que le caÃa sobre los hombros, barbilla puntiaguda y una cara tan blanca como el mármol blanco. En una foto, pensó Emily, habrÃa parecido bastante buen mozo y romántico. Pero aquÃ, en la salita de la Luna Nueva, se veÃa sencillamente raro.
—Criatura lÃrica —dijo él, mirándola.
Emily se preguntó si no serÃa un loco escapado del manicomio.
—No comete el crimen de la fealdad —continuó él con fervor—. Éste es un momento maravilloso. Es una pena que debamos estropearlo hablando. Ojos de un gris casi púrpura, salpicados de oro. Ojos que he buscado durante toda mi vida. Ojos dulces, en los cuales me ahogué, siglos ha.
—¿Quién es usted? —preguntó Emily, cortante, convencida ya de que aquel hombre estaba loco de remate. Él se llevó la mano al corazón e hizo una reverencia.
—Mark Greaves… Mark D. Greaves… Mark Delage Greaves.