Emily triunfa
Emily triunfa Pero sólo cuando le regaló a Emily una rana hermosamente tallada en ágata, los Murray se alarmaron. La prima Louise fue la primera. Estaba llorosa. Ella sabía lo que significaba aquella rana. Las ranas de ágata eran herencia en la familia del príncipe. No se regalaban si no era como obsequio de matrimonio y compromiso. ¿Emily estaba comprometida… con él? La tía Ruth, con ese aire permanente de estar convencida de que todos se habían vuelto locos, fue a la Luna Nueva e hizo una escena. Emily se enfadó tanto que se negó a responder ninguna de sus preguntas. Para empezar, estaba un poco irritada porque durante todo el verano su familia la había fastidiado con pretendientes que ella no había elegido y que no corrían el menor peligro de ser tomados en serio.
—Hay algunas cosas que sería mejor que no supieras —dijo con impertinencia, a la tía Ruth.
Y los apenados Murray llegaron a la desesperante conclusión de que ella había decidido convertirse en una princesa japonesa. Y, si así era, bueno, ellos bien sabían lo que sucedía cuando Emily tomaba una decisión. Era algo inevitable, como una orden divina, pero era siempre algo malo. Su alteza real no tenía, a los ojos de los Murray, un halo especial. Antes que ella, ningún Murray había soñado con casarse con un extranjero, y mucho menos un japonés. Pero, claro, ella era temperamental.