Emily triunfa
Emily triunfa La carta, reconoció Emily con severidad, era una tontería romántica. Algo de lo que reírse. Emily se rió con cuidado de algunas partes. ¡Qué primitiva, qué tonta, qué sentimental, qué divertida! ¿De verdad había sido tan joven e insensible para escribir una tontería tan pomposa y exultante? Y otra cosa: a los catorce años, los veinticuatro parecían al borde de lo venerable.
¿Ya has escrito tu gran libro? —preguntaba Catorce con mucho desparpajo, al final—. ¿Ya has llegado a la cima del Sendero Alpino? Ay, Veinticuatro, te envidio. Ha de ser esplendido ser tú. ¿Me miras con desdén y compasión? Ya no eres capaz de columpiarte en un portón, ¿eh? ¿Eres una formal señora casada con muchos hijos y vives en la Casa Desilusionada con Ya-sabes-quién? Lo único que te ruego es que no seas pedante, querida Veinticuatro. Y sé dramática. Amo las cosas y las personas dramáticas. ¿Eres la señora de…? ¿Qué nombre llenará el espacio en blanco? Ay, querida Veinticuatro, en esta carta para ti pongo un beso, un puñado de claro de luna, el alma de una rosa, un poco de la verde dulzura del viejo campo de la colina, y el aroma de las violetas silvestres. Espero que seas feliz, famosa y encantadora, y espero que no te hayas olvidado de
Tu tonta
La yo de antes.
Emily guardó la carta.