Emily triunfa

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Con ella salió un viejo aroma. Doblados con la carta había unos pétalos secos de rosas, unas cositas amarronadas que se hicieron polvo entre sus dedos. Sí, recordaba aquella rosa: se la había traído Teddy una tarde, en los tiempos en que eran niños juntos. Estaba muy orgulloso de aquella primera rosa florecida en un pequeño rosal que le había regalado el doctor Burnley, la única rosa que dio aquel rosal, por otra parte. A la madre de Teddy le disgustaba el amor del niño hacia la plantita. Una noche, ésta se cayó accidentalmente del alfeizar de la ventana y se rompió. Si Teddy pensó o supo que existía una relación entre los dos hechos, jamás lo dijo. Emily conservó la rosa todo el tiempo que pudo, pero la noche en que escribió la carta cogió aquella flor marchita y desvaída y la dobló, con un beso, entre las hojas de papel. Se había olvidado de que estaba allí y en ese momento le cayó entre las manos, marchita, fea, como las rosadas esperanzas de hacía ya tiempo, aunque con una dulzura delicada y amarga. Toda la carta parecía rebosar de esa dulzura, pero ella no sabía si era de los sentidos o del espíritu.






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