Emily triunfa

Emily triunfa

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Teddy e Ilse volvían a casa a pasar diez días en julio. ¿Por qué, se preguntó Emily, siempre venían juntos? No podía ser una mera coincidencia. Temía la visita y deseaba que pasara pronto. Le encantaría volver a ver a Ilse; por alguna razón, no podía sentirse una extraña con ella. Por mucho que estuviera lejos, en cuanto regresaba encontraba a la Ilse de antes. Pero no quería ver a Teddy. Teddy, que se había olvidado de ella. Que no le había escrito nunca desde la última vez que se fue. Teddy, que ya era famoso como pintor de mujeres hermosas. Tan famoso y con tanto éxito que, le escribía Ilse, iba a dejar el trabajo en la revista. Emily sintió una especie de alivio al enterarse. Ya no abriría una revista con temor a encontrarse con su propio rostro (o su alma) mirándola desde alguna ilustración con «Frederick Kent» garabateado al pie, como diciendo «que les conste a todos los presentes que esta muchacha es mía». A Emily le molestaban menos los dibujos que parecían reflejar toda su cara que aquellos en los que sólo los ojos eran suyos. Para poder pintar así sus ojos, Teddy tenía que saber todo lo que había en su alma. Pensarlo siempre la llenaba de furia y de vergüenza, y de una espantosa sensación de impotencia. No iba a decirle a Teddy, no podía decírselo, que dejara de usarla de modelo. Jamás se había rebajado a reconocer ante él que se había percatado del menor parecido que sus ilustraciones tenían de ella, y nunca se rebajaría a hacerlo.


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