Emily triunfa
Emily triunfa Hasta los que tenían hambre tenían la incómoda sensación de que no era apropiado comer con ganas en aquellas circunstancias. Nadie lo disfrutó, excepto el viejo tío Tom Mitchell, que francamente iba a las bodas por los banquetes y a quien no le interesaba si había ceremonia o no. Las novias iban y venían, pero una buena comida era otra historia. De modo que se dedicó a comer, deteniéndose de vez en cuando para sacudir la cabeza con gesto solemne y preguntar: «¿Adónde van a llegar las mujeres?».
La prima Isabella quería hablar de sus presentimientos, pero nadie la escuchaba. La mayoría de los invitados no se atrevía hablar, por temor a decir algo impropio. El tío Oliver reflexionó que había visto velorios más alegres. Las camareras estaban nerviosas y agitadas y cometieron ridículos errores. La señora Derwent, la joven, bonita esposa del nuevo ministro, parecía a punto de llorar, no, a decir verdad, tenía los ojos llenos de lágrimas. Tal vez había hecho planes con la paga que recibiría su marido por la boda. Tal vez su pérdida significara que se quedaba sin sombrero nuevo. Emily, que la miró al pasar una gelatina, tuvo ganas de echarse a reír, un deseo tan histérico como su deseo de gritar. Pero en su cara fría y blanca no se advirtió ninguno de los dos deseos. La gente de Shrewsbury dijo que se la había visto tan desdeñosa e indiferente como siempre. ¿Habría algo que conmoviera a aquella muchacha?