Emily triunfa

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Emily se ruborizó. Ella también comenzaba a tener una desagradable sospecha de por qué las tías Elizabeth y Laura mostraban con Dean una cortesía más fría que antes. No quería pensarlo, arrojaba la sospecha lejos con rabia y le cerraba las puertas del pensamiento cada vez que ésta se entrometía. Pero el pensamiento gimoteaba ante su puerta y se negaba a ser desterrado. Dean, como todas las demás cosas y todas las demás personas, parecía haber cambiado de la noche a la mañana. ¿Y qué implicaba, qué sugería el cambio? Emily se negaba a responder a aquella pregunta. La única respuesta era demasiado absurda. Y desagradable.

¿Dean Priest estaba dejando de ser amigo para convertirse en enamorado? Qué tontería. Qué redomada tontería. Qué desagradable tontería. Porque ella no lo quería de enamorado y sí lo quería, locamente, de amigo. No podía perder su amistad. Era demasiado querida, demasiado deliciosa, estimulante y maravillosa. ¿Por qué pasaban esas cosas diabólicas? Cuando Emily llegaba a este punto de sus divagaciones siempre se detenía y volvía atrás, furiosa, en sus pasos mentales, aterrada al darse cuenta de que estaba a punto de admitir que «esa cosa diabólica» ya había sucedido o estaba en pleno proceso.

En cierto sentido, para ella fue casi un alivio cuando, una noche de noviembre, Dean le dijo, como de pasada:


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