Emily triunfa
Emily triunfa Por derecho divino pertenecía a la Antigua y Noble Orden de los Contadores de Historias. De haber nacido miles de años antes, se habría sentado alrededor del fuego de la tribu y habría fascinado a su público. Habiendo nacido en tiempos tan recientes, debía llegar a él por medios artificiales.
Pero el material con que se tejen los cuentos es el mismo en todas las épocas y en todos los lugares: nacimientos, muertes, bodas, escándalos…, son las únicas cosas interesantes del mundo. De modo que ella se dispuso, muy resuelta y alegremente, a perseguir la fama y la fortuna… y algo que no era ninguna de las dos cosas. Porque escribir, para Emily Byrd Starr, no era sólo asunto de lucro material o corona de laureles. Era algo que tenía que hacer. Algo, una idea, ya fuera bella o espantosa, la torturaba hasta que la escribía. Humorística y dramática por instinto, la comedia y la tragedia de la vida la subyugaban y exigían expresión a través de su pluma. Un mundo de sueños perdidos pero inmortales, que se escondían justo del otro lado del telón de la realidad, la llamaba en busca de corporización e interpretación, la llamaba con una voz que ella no podía, ni osaba, desobedecer.
