Emily triunfa
Emily triunfa —No puedo quedarme tranquila dentro cuando hay luna, tengo que estar al aire libre —dijo a la tía Elizabeth, a la que los merodeos no le parecían bien. La tía Elizabeth nunca perdía la inquietante obsesión de que la madre de Emily se había fugado para casarse. Y, de todas maneras, merodear era un hábito extraño. Ninguna de las otras muchachas de Blair Water lo hacía.
Hubo caminatas por las colinas a la media luz del atardecer, cuando las estrellas se levantaban, una después de la otra, formando las grandes constelaciones de mito y leyenda. Hubo noches frías con una salida de la luna que casi hacía daño de tan hermosa; agujas de abetos blancos que se clavaban en los crepúsculos de fuego; bosques de abetos rojos de misteriosa penumbra; paseos por el Camino del Mañana. No el Camino del Mañana de junio, con aroma a capullos y tiernos vegetales jóvenes. Tampoco el Camino del Mañana de octubre, espléndido en sus rojos y sus dorados. Sino el Camino del Mañana de un sereno atardecer nevado de invierno, un lugar blanco, misterioso, silencioso, lleno de hechizos. A Emily le gustaba más que cualquiera de los otros lugares. La felicidad espiritual de aquella soledad atestada de sueños nunca empalagaba, su remoto encanto nunca saciaba.