Emily triunfa

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Su vecino de la derecha era un hombre que no dejó de hacer «discursos divertidos» durante toda la comida e hizo que ella se preguntara, una y otra vez, con qué propósito lo habría traído Dios al mundo. ¡Pero su vecino de la izquierda! Hablaba poco pero… ¡qué aspecto! Emily decidió que le gustaba aquel hombre cuyos ojos decían más que sus labios, aunque sí le dijo que ella parecía «el rayo de luna de una noche azul de verano» con aquel vestido. Creo que fue la frase que terminó con Emily, que le traspasó el corazón de lado a lado, como el desafortunado patito de la canción de cuna. Emily no tenía salvación ante el encanto de una frase bien compuesta. Antes de que terminara la velada, Emily, por primera vez en su vida, estaba perdida y románticamente enamorada con el más perdido y romántico de los enamoramientos, con «el amor con que soñaron los poetas», como escribió en su diario. El joven (creo que su hermoso y romántico nombre era Aylmer Vincent) estaba tan locamente enamorado como ella. Literalmente se instaló en la Luna Nueva. La cortejaba de una manera hermosa. A Emily le encantaba su manera de decir «querida señora». Cuando le dijo que «las manos hermosas son uno de los principales encantos de una mujer hermosa» y miró las de Emily con devoción, ella, cuando se fue a su habitación aquella noche se besó las manos porque los ojos de él las habían acariciado. Cuando él, extasiado, la llamó «una criatura de niebla y llamarada», ella caminó entre niebla y llameó por la adusta Luna Nueva hasta que la tía Elizabeth la aplastó desconsideradamente al pedirle que friera unas roscas para el primo Jimmy. Cuando él le dijo que era como un ópalo: de un blanco níveo por fuera, pero con un corazón de fuego granate, ella se preguntó si la vida seria siempre así.


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