Emily triunfa

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«Y pensar que en un tiempo creí que me gustaba Teddy Kent», pensó, asombrada de sí misma.

Dejó de escribir y le pidió a la tía Elizabeth que le regalara la vieja caja azul del altillo para guardar su ajuar. La tía Elizabeth accedió gentilmente. Se habían investigado los antecedentes del nuevo pretendiente y éstos resultaron impecables. Buena familia, buena posición social, buen negocio. Todos los augurios eran buenos.

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Y entonces ocurrió algo realmente espantoso.

Emily se desenamoró con la misma rapidez con que se había enamorado. Un día estaba enamorada y al siguiente ya no. Así de sencillo.

Estaba alelada. No podía creerlo. Intentó simular que aún existía el antiguo encantamiento. Intentó emocionarse, soñar y ruborizarse. Nada de emoción, nada de rubor. Su enamorado de los ojos negros (¿cómo no se había dado cuenta antes de que tenía los ojos idénticos a los de una vaca?) la aburría. Ah, cómo la aburría. Una noche bostezó justo en medio de uno de sus mejores discursos. No había nada que añadir.

Le dio tanta vergüenza que casi cayó enferma. La gente de Blair pensó que él la había dejado y la compadeció. Las tías, que sabían la verdad, estaban desilusionadas y molestas.


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