El naufragio del Titán
El naufragio del Titán –¡Rowland! —dijo el robusto contramaestre, mientras los marineros de guardia se reunĂan en cubierta—, encárguese de vigilar el puente de estribor.
—Ese no es mi sitio, contramaestre —dijo Rowland, sorprendido.
—Órdenes del puente. Suba allá.
Rowland gruñó, como deben hacerlo los marineros cuando son agraviados, y obedeciĂł. El hombre al que relevĂł dio su nombre y desapareciĂł; el primer oficial se paseĂł por el puente, le dijo que estuviera atento a la guardia y regresĂł a su puesto; el silencio y la soledad de una guardia nocturna en el mar, acrecentados por el ruido constante de las máquinas y mitigados tan solo por los lejanos ecos de la mĂşsica y las risas procedentes del salĂłn, inundaron la proa del barco. El fresco viento del oeste que venĂa hacia el Titán hacĂa que la cubierta estuviera prácticamente en calma, y la espesa niebla, aunque iluminada por un cielo brillante y moteado de estrellas, era tan frĂa que hasta el más locuaz de los pasajeros habĂa huido en busca de luz y vida en el interior.
Cuando sonaron tres campanadas —las nueve y media— y Rowland habĂa respondido con el consiguiente «Sin novedad», el primer oficial dejĂł su puesto y se acercĂł a Ă©l.
