El naufragio del Titán
El naufragio del Titán —Rowland —dijo mientras se aproximaba—, he oÃdo que usted ha sido oficial de barco.
—No sé cómo se ha enterado, señor —respondió Rowland—. No suelo contarlo.
—Se lo dijo al capitán. Supongo que el currÃculo de Annapolis es tan completo como el de la escuela naval inglesa. ¿Qué opina de las teorÃas de Maury sobre las corrientes?
—Parecen convincentes —dijo Rowland, omitiendo sin darse cuenta el «señor»—, pero creo que en casi todos los casos han demostrado estar equivocadas.
—Yo también lo creo. ¿Ha investigado otras ideas del autor, como la de localizar la posición del hielo en la niebla por la tasa de descenso de la temperatura a medida que nos acercamos a él?
—SÃ, pero sin llegar a ningún resultado concluyente, aunque parece que se trata de una mera cuestión de cálculo y de tiempo para calcular. El frÃo es calor negativo y puede considerarse energÃa radiante, que disminuye en proporción al cuadrado de la distancia.
El oficial se quedó pensativo por un instante, mirando al frente y tarareando una tonada para sÃ, y a continuación dijo:
—Cierto.
Y volvió a su puesto.
«Debe de tener un estómago de hierro», murmuró, asomándose a la bitácora.