Utopía
Utopía Rafael acompañaba su relato de reflexiones profundas. Al examinar cada forma de gobierno, tanto de aquí como de allí, analizaba con sagacidad maravillosa lo que hay de bueno y de verdadero en una, de malo y de falso en otra. Lo hacía con tal maestría y acopio de datos que se diría haber vivido en todos esos sitios largo tiempo. Pedro, lleno de admiración por un hombre así, le dijo:
—Me extraña, mi querido Rafael, que siendo el que eres y dada tu ciencia y conocimientos de lugares y hombres, no te hayas colocado al servicio de alguno de esos reyes. Hubiera sido un placer para cualquiera de ellos. Al mismo tiempo le hubieras instruido con tus ejemplos y conocimientos de lugares y de hombres. Sin olvidar que con ello podrías atender a tus intereses personales y aportar una ayuda sustancial a los tuyos.
—No me inquieta la suerte de los míos ni poco ni mucho —dijo Rafael—. Creo haber cumplido mi deber de forma suficiente. Dejé a los míos y a los amigos siendo joven y en pleno vigor, lo que otros muchos no suelen hacer sino cuando están viejos y achacosos, y aun entonces, contra su gusto y voluntad. Creo que pueden estar contentos con mi liberalidad hacia ellos. Pero lo que no me pueden pedir es que, además, tenga yo que convertirme en siervo de ningún rey.
—Tenéis razón —replicó Pedro—. Pero no quise decir que fueras siervo, sino servidor.