UtopÃa
UtopÃa —Amigo Moro, te equivocas por partida doble. Primero en lo que a mi persona se refiere, y después en lo tocante a la república o Estado. Yo no poseo ese saber que me atribuyes, y, caso de tenerlo y sacrificar mi ocio, serÃa inútil a la cosa pública. En primer lugar, la mayorÃa de los prÃncipes piensan y se ocupan más de los asuntos militares, de los que nada sé ni quiero saber, que del buen gobierno de la paz. Lo que les importa es saber cómo adquirir —con buenas o malas artes— nuevos dominios, sin preocuparse para nada de gobernar bien los que ya tienen. Por otra parte, hay consejeros de prÃncipes tan doctos que no necesitan —o al menos creen no necesitar— los consejos de otra persona. Parásitos como son, aceptan a los que les dan la razón o les halagan para granjearse la voluntad de los favoritos del prÃncipe. Asà lo ha dispuesto la naturaleza: Cada uno se pirra por sus propios descubrimientos. ¡Al cuervo le rÃe su crÃa y a la mona le gusta su hija! En reuniones de gente envidiosa o vanidosa ¿no es, acaso, inútil explicar algo que sucedió en otros tiempos o que ahora mismo pasa en otros lugares? Al oÃrte, temen pasar por ignorantes y perder toda su reputación de sabios, a menos que descubran error y mentira en los hallazgos de otros. A falta de razones con que rebatir los argumentos, se refugian invariablemente en este tópico: «Esto es lo que siempre hicieron nuestros mayores. Ya podÃamos nosotros igualar su sabidurÃa». Al decir esto, zanjan toda discusión y se sienten felices. Les parece mal que alguien sea más sabio que los antepasados. Cierto que todos estamos dispuestos a aceptar todo lo bueno que nos han legado en herencia. Pero con el mismo rigor sostenemos que hay que aceptar y mantener lo que vemos debe mudarse. Con frecuencia me he encontrado en otras partes este tipo de mentes absurdas, soberbias y retrógradas. Incluso en Inglaterra me topé con ellas.