UtopÃa
UtopÃa —¿Quiere ello decir —le respondà yo— que por la guerra hemos de mantener a los ladrones que, por otra parte, nunca faltarán mientras haya soldados? Los ladrones no son los peores soldados, y los soldados no se paran en barras a la hora de robar. ¡Tan bien se compaginan ambos oficios! Por lo demás, esta plaga del robo, no es exclusiva nuestra: es común a casi todas las naciones. Ahà tenemos a Francia sometida a una peste todavÃa más peligrosa. Todo el paÃs se encuentra, aun en tiempo de paz —si es que a esto se puede llamar paz— lleno de mercenarios, mantenidos por la misma falsa razón que os induce a vosotros los ingleses a mantener esa turba de vagos. Piensan estos locos medio sabios, medio aventureros, que la salvación del Estado estriba en mantener siempre en pie de guerra un ejército fuerte y poderoso compuesto de veteranos. Los bisoños no les interesan. Y llegan a pensar incluso que hay que suscitar guerras y degollar de vez en cuando algunos hombres para que —como dice socarronamente Salustio— su brazo y su espÃritu no se emboten por la inacción. Lo peligroso de esta teorÃa está en alimentar bestias tales, y Francia lo está aprendiendo a costa suya. Un ejemplo de ello lo tenemos también entre los romanos, cartagineses y sitios y otros muchos pueblos. Estos ejércitos permanentes arruinaron su poder junto con sus campos y ciudades. Un ejemplo claro de lo inútil que resulta mantener todo, este aparato nos lo ofrecen los soldados franceses. A pesar de haber sido educados en las armas desde muy jóvenes, no se puede decir que hayan salido siempre airosos y con gloria al enfrentarse con los reservistas ingleses. Y basta de este punto, porque no parezca a los presentes que os halago. Por otra parte, difÃcilmente puedo creer que los artesanos o los rudos y sufridos campesinos tengan que temer gran cosa de los ociosos criados de los nobles. Quizás algunos de cuerpo débil y faltos de arrojo, asà como agotados por la miseria familiar. Porque has de saber que los cuerpos robustos y bien comidos —sólo a estos corrompen los señores— se debilitan con la pereza y se ablandan con ocupaciones casi mujeriles. Pero el peligro de afeminamiento desaparece si se les enseña un oficio que les permita vivir y ocuparse en trabajos varoniles. Todo considerado, no veo manera de justificar esa inmensa turba de perezosos por la simple posibilidad de que puede estallar una guerra. Guerra que se podrÃa siempre evitar, si es que de verdad se quiere la paz, tesoro más preciado que la guerra. Hay, además, otras causas del robo. Existe otra, a mi juicio, que es peculiar de vuestro paÃs.