UtopĂa
UtopĂa —No es fácil adivinar —dijo entonces el Cardenal— si el cambio del sistema penal serĂa ventajoso o no, toda vez que no tenemos la menor experiencia de ello. De todos modos, suponiendo que alguien haya sido condenado a muerte, el prĂncipe podrĂa demorar la sentencia, y asĂ poner a prueba este sistema. Con el mismo fin se podrĂa abolir el derecho de asilo. Si una vez experimentado el sistema, se ve que da resultados, no hay inconveniente en regularlo. Si, por el contrario, se ve que no resulta, se vuelve a aplicar la sentencia a los condenados a muerte con anterioridad. Ni es impuesto ni perjudica al Estado, ejecutar a su tiempo lo anteriormente legislado. Por otra parte, no creo que tal medida suponga peligro alguno para el mismo Estado. Yo irĂa todavĂa más lejos: Âżpor quĂ© no experimentar el sistema con respecto a los vagabundos? Se han dado contra ellos leyes y leyes, y sin embargo, en la realidad estamos peor que nunca.
Todos a una aplaudieron las ideas expuestas por el Cardenal, siendo asĂ que no habĂan encontrado más que menosprecio mientras yo las exponĂa. Alababan sobre todo lo referente a los vagabundos, punto que habĂa añadido Ă©l de su cosecha.
Me pregunto ahora si no serĂa mejor pasar por alto el resto de la conversaciĂłn. ¡Tan ridĂcula fue! No obstante, referirĂ© algo de ella, ya que no fue mala y toca un poco a nuestro propĂłsito.