Utopía
Utopía »El punto más delicado es el de las relaciones con Inglaterra. Habrá que hacer un pacto de paz. Y habrá que asegurar con lazos fuertes una amistad siempre débil. Se les llamará amigos y se les tendrá por enemigos. Será bueno tener a los escoceses como fuerza de choque y lanzarlos contra los ingleses al menor movimiento de éstos. Habrá que halagar también a algún noble desterrado que se crea con derecho al trono de Inglaterra. Pero esto se habrá de hacer ocultamente, pues la diplomacia prohíbe estos juegos. De este modo se tiene siempre en jaque al príncipe del que se recela. ¿Imagináis lo que pasaría si, en medio de esta asamblea real en que se ventilan tan graves intereses, y en presencia de políticos que se inclinan hacia soluciones de guerra, se levanta un hombrecillo como yo? ¿Cómo reaccionarían si les digo: hay que plegar velas; dejemos en paz a Italia y quedémonos en Francia? El reino de Francia es ya tan grande que mal puede ser administrado por una sola persona. Déjese, pues, el rey de pensar en aumentarlo. Suponed que a continuación les propongo el ejemplo y las leyes de los Acorianos, pueblo que vive al sudeste de la Isla de Utopía. En tiempos pasados, hicieron la guerra porque su rey pretendía la sucesión de un reino vecino, en virtud de un viejo parentesco. Una vez conquistado, vieron que conservarlo les era tan costoso o más que haberlo conquistado. A cada paso surgían rebeliones, unas veces de los sometidos y otras de los vecinos que los invadían. No había manera de licenciar las tropas, pues siempre había que estar o a la defensiva o al ataque. Los saqueos eran constantes, llevándose fuera los capitales. Mantenían las glorias ajenas a costa de su propia sangre. Como lógica consecuencia, la paz era siempre precaria, ya que la guerra había corrompido las costumbres, fomentando el vicio del robo, incrementado la práctica del asesinato y disminuido el respeto a la ley. Y todo porque el rey, ocupado ahora en gobernar a dos pueblos, no se podía entregar por entero a ninguno de ellos. Viendo al fin que tal estado de cosas no tenía solución, se decidieron a hablar al rey, con todo respeto, no sin antes haberlo deliberado en consejo. Podía quedarse con el reino que más le apeteciese, le dijeron. Pero no era justo gobernar a medias los dos reinos, ya que a nadie le gusta compartir con otro ni siquiera los servicios de un mulero. Así convencieron al buen rey a quedarse con el reino primitivo. El nuevo pasó a un amigo suyo, quien poco después fue expulsado. Sigamos. Piensa, por último, que trato de demostrarles que todos los preparativos de guerra en que tantas naciones se empeñan, no hacen sino esquilmar a los pueblos, y agotan sus recursos para después de algún efímero triunfo, terminar en total fracaso. Que lo prudente es conservar el reino de los mayores, enriquecerlo lo más posible y hacerlo más y más próspero. Que ame a su pueblo y que éste le quiera, que conviva con las gentes en paz, gobernándolas con dulzura. Que lo justo es desinteresarse de los otros reinos. Que lo que le cayó en suerte le basta y le sobra para un buen gobierno. Vuelvo a preguntarte ¿con qué oídos, mi querido Moro, acogerían mi parlamento?