UtopÃa
UtopÃa —No son tan displicentes —replicó él— y, sin duda, lo harÃan de buena gana. Ahà están multitud de libros escritos por ellos sobre estos temas. Pero sucede que no siempre los jefes de Estado están dispuestos a escucharlos. El mismo Platón se daba cuenta de que los jefes de Estado, equivocados desde niños con ideas perversas y viciadas, necesitaban ejercitar la filosofÃa para aprobar los consejos que les dieran los filósofos. Asà lo pudo comprobar él mismo con Dionisio de Siracusa. ¿No crees que si yo propusiera a cualquier jefe de Estado unas medidas sanas y tratara de desterrar las costumbres que originan tantos males, me tomarÃan por loco o me despedirÃan? Supongamos que soy ministro del rey de Francia y que tomo parte de su consejo. En el mayor secreto y bajo la presidencia del rey, rodeado de las personas más conspicuas del reino, se están tratando asuntos de la mayor gravedad: Modo y forma de conservar Milán; oposición a la pérdida de la revoltosa Nápoles. Destrucción de los venecianos, ocupación de toda Italia y, seguidamente, de Flandes, Brabante, toda Borgoña y muchos otros estados, cuyo territorio hace mucho tiempo que su ambición tiene pensado invadir. Unos aconsejan que se pacte con los venecianos, pacto que, por otra parte, no se respetará más allá de lo que consientan los intereses reales. Se les pondrá también al corriente de las decisiones tomadas. ¿Por qué, incluso, no entregarles parte del botÃn, siempre, claro está, que se pueda volver a coger una vez realizado el proyecto? Hay quien se inclina por reclutar alemanes; otros prefieren ablandar con dinero a los suizos. Y hasta alguien sugiere que se ha de aplacar a la divinidad revestida de la majestad imperial, haciéndole una ofrenda de oro en forma de sacrificio. Se habla de llegar a un acuerdo con el rey de Aragón, proponiéndole en pago el Reino de Navarra, que no es suyo. Al rey de Castilla se le podrÃa ganar con la esperanza de algún enlace matrimonial. En cuanto a sus cortesanos habrÃa que sobornarlos a fuerza de dinero.