UtopÃa
UtopÃa —Estoy lejos de compartir vuestras convicciones —le dije yo a Rafael—. Jamás conocerán los hombres el bienestar bajo un régimen de comunidad de bienes. ¿Por qué medios se podrá conseguir la prosperidad común si todos se niegan a trabajar? Nadie tendrá un estÃmulo personal, y la confianza en que todos trabajan le hará perezoso. Por otra parte, si la miseria subleva los espÃritus y ya no es posible adquirir nada como propio, ¿no caerá la sociedad de modo fatal y constante en la rebelión y la venganza? Si, además, desaparece la autoridad de los jueces y el temor saludable que inspiran, ¿qué papel pueden tener en la sociedad hombres para quienes no existirÃa ninguna diferencia social? Es algo que ni siquiera me atrevo a imaginar.
—No me extraña que pienses asà —replicó Rafael—. No puedes hacerte idea de lo que se trata, o la tienes equivocada. Si hubieras estado en UtopÃa, como yo he estado, si hubieses observado en persona las costumbres y las instituciones de los utopianos, entonces, no tendrÃas dificultad en confesar que en ninguna parte has conocido república mejor organizada. Yo estuve allà durante cinco años, y, hubiera estado muchos más, de no haberme tenido que venir para revelar ese Nuevo Mundo.
En este momento interrumpió Pedro Gilles a Rafael para decirle: