Aurelia o El sueno y la vida
Aurelia o El sueno y la vida Partir es madurar un poco. No madura quien no viaja. Dentro o fuera de la alcoba, lo que importa es trasladarse, perderse, encontrarse: viajar.
Algunos autores fijan la fecha de nacimiento de Gérard Labrunie, que había de cambiar éste su verdadero nombre por el más eufónico y misterioso de Gérard de Nerval, en 1808; otros, en 1809. Si hemos de creer la afirmación de Gustave Lanson que en su Historia de la literatura francesa considera a Nerval como un escritor situado dentro de la más sana tradición del siglo XVIII, la traducción de Fausto de Goethe fue escrita por Gérard de Nerval a los veinte años, en 1828. Goethe admiraba esa traducción al punto de reconocerse en ella como frente a un espejo y exclamar: «Nunca me comprendí tanto como al leeros».
Gérard de Nerval recorre Alemania y Alemania lo recorre en justa correspondencia. Y no es inexplicable que sufra luego la seducción del Oriente, sólo que el Oriente de Nerval, detenido en las notas de Viaje al Oriente, «es un Oriente de poeta más que un Oriente de viajero», «un Oriente que Nerval ha visto como Nerval lo había soñado». Es Albert Thibaudet quien juzga el Viaje y soy yo quien subraya esta posición de Nerval, este punto de vista del hombre que tiene el poder mágico de ver, despierto, con los ojos del hombre que, dormido, sueña.
