Aurelia o El sueno y la vida
Aurelia o El sueno y la vida Hice tanto ruido que me encerraron en el calabozo. Permanecí allí muchas horas en una especie de embrutecimiento; al fin, los dos amigos que había creído ver antes, vinieron a buscarme con un coche. Les conté cuanto había pasado pero negaron haber venido durante la noche. Comí con ellos con bastante tranquilidad, pero a medida que la noche se acercaba, me parecía que debía temer la misma hora que, la víspera, iba a serme fatal. Pedí a uno de ellos una sortija oriental que llevaba en el dedo y que me parecía un antiguo talismán y, tomando una mascada, la anudé a mi cuello, teniendo cuidado de aplicar la turquesa de su engaste, sobre un punto de la nuca donde sentía un dolor. Para mí, ese punto era por donde el alma se atrevería a salir en el momento en que cierto rayo emanado de la estrella que había visto la víspera, coincidiera, en relación a mí, con el zenit. Por azar o por efecto de mi gran preocupación, caí como fulminado, a la misma hora de la víspera. Me pusieron sobre un lecho, y durante largo tiempo perdí el sentido y la continuidad de las imágenes que se me ofrecían. Ese estado duró varios días. Fui transportado a una casa de salud. Muchos parientes y amigos me visitaron sin que los reconociera. La sola diferencia para mí entre la vigilia y el sueño era que, en la primera, todo se transfiguraba a mis ojos; cada persona que se acercaba a mí, parecía cambiada; los objetos materiales tenían una especie de penumbra que modificaba su forma, y los juegos de luz y las combinaciones de colores se descomponían, de manera que me mantenían en una serie constante de impresiones que se ligaban entre sí, y con las cuales el sueño, más desprendido de elementos exteriores, continuaba su probabilidad.