Aurelia o El sueno y la vida
Aurelia o El sueno y la vida Algunos pasos más adelante, encontré a un amigo que no había visto hacía largo tiempo y que vivía en una casa vecina. Quiso mostrarme su propiedad y, en esa visita, me hizo subir a una terraza elevada desde donde se descubría un amplio horizonte. Era la hora del ocaso. Al bajar los peldaños de una escalera rústica, di un paso en falso, y mi pecho fue a chocar contra la esquina de un mueble. Tuve fuerza suficiente para levantarme y precipitarme hasta el jardín, creyéndome herido de muerte, y deseando ver el sol poniente, una vez más, antes de fallecer. A pesar del dolor que trae consigo un momento semejante, me sentía feliz de morir así, a esa hora, y en medio de los árboles, de los emparrados y de las flores de otoño. Fue, sin embargo, sólo un desvanecimiento, tras del cual tuve aún fuerza de llegar a mi casa para echarme en el lecho. La fiebre se apoderó de mí, al recordar desde dónde había caído, volvió a mi mente que la perspectiva que tanto había admirado daba sobre un cementerio, justamente el mismo donde se encontraba la tumba de Aurelia. No había pensado en eso precisamente sino hasta aquí; sin lo cual podía haber atribuido mi caída a la impresión que tal imagen me produjera. Eso mismo me dio la idea de una fatalidad más precisa y lamenté doblemente que la muerte no me hubiera reunido con ella. Luego, reflexioné que no era digno. Me representé la vida que había llevado desde su muerte, reprochándome no el haberla olvidado, lo cual ni había sucedido, pero sí, haber, con fáciles amoríos, ultrajado su memoria. Me vino la idea de interrogar al sueño; pero su imagen, que antes se me aparecía con frecuencia, no volvía ya a iluminar mis noches. No tuve primero sino sueños confusos, mezclados con escenas sangrientas. Parecía como si toda una raza fatal se hubiera desencadenado en medio del mundo ideal que había visto otras veces y del cual ella era la reina. El mismo espíritu que me había amenazado —cuando entré en la mansión de esas familias puras que habitaban las alturas de la Ciudad Misteriosa— pasó ante mí, no ya con aquel traje blanco que llevaba entonces, a semejanza de los de su raza, sino vestido como príncipe de Oriente. Me precipité hacia él, amenazándolo, pero tranquilamente él se volvió hacia mí. ¡Oh terror! ¡Oh rabia! Era mi rostro, era toda mi forma idealizada y amplificada… Entonces recordé a aquel que había sido arrestado la misma noche que yo y que, según mi pensamiento, habían hecho salir bajo mi nombre de la sala de guardias, cuando dos de mis amigos fueron a buscarme. Llevaba en la mano un arma de la que distinguía mal la forma y uno de los que lo acompañaban dijo: