Sylvie

Sylvie

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Era el único chico del corro que había llevado a mi compañera, Sylvie, muy joven aún, una niña de la vecina aldea, que exhalaba vivacidad y ternura, y tenía los ojos negros, un perfil regular y la piel ligeramente bronceada. Sólo la quería a ella, sólo tenía ojos para ella… ¡hasta aquel momento! Apenas me había fijado en una chica rubia, alta y hermosa, que formaba parte del corro en el que bailábamos y que se llamaba Adrienne. De repente, siguiendo las reglas de la danza, Adrienne se encontró a mi lado, quedándonos los dos, solos, en medio del círculo. Éramos de igual estatura. Pidieron que nos besáramos, y la danza y el corro giraban más vertiginosamente que nunca. Al besarla, no pude evitar estrecharle la mano. Los largos rizos de sus cabellos dorados rozaron mi mejilla. Desde aquel momento, una turbación desconocida se apoderó de mí. La hermosa muchacha tenía que cantar una canción para recobrar el derecho a reincorporarse al baile. Nos sentamos a su alrededor, y, acto seguido, con voz fresca y penetrante, ligeramente velada, característica de las muchachas de esta brumosa región, cantó uno de esos romances antiguos, llenos de melancolía y de amor, que suelen narrar los infortunios de una princesa encerrada en una torre por deseo de un padre que la castiga por sus amores. En cada estrofa, la melodía terminaba con esos trémulos que tan acertadamente acentúan las voces juveniles cuando, con modulado estremecimiento, imitan la voz temblorosa de las abuelas.


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