Sylvie

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Habían transcurrido algunos años: la época en que conocí a Adrienne delante del castillo sólo era ya un recuerdo de infancia. Me hallaba de nuevo en Loisy, durante la celebración de la fiesta patronal. Y, de nuevo, iba a unirme a los caballeros del arco, ocupando un lugar en la compañía de la que ya había formado parte. Jóvenes pertenecientes a antiguas familias que aún poseen en el lugar varios de los castillos perdidos entre los bosques, y que han sufrido más daños por el paso del tiempo que por la acción de las revoluciones, habían organizado la fiesta. Procedentes de Chantilly, de Compiégne y de Senlis, acudían alegres cabalgatas que ocupaban su lugar en el rústico cortejo de las compañías del arco. Después del largo paseo a través de pueblos y aldeas, después de la misa en la iglesia, de las competiciones de destreza y de la distribución de premios, los vencedores fueron invitados a una comida ofrecida en una isla sombreada por álamos y por tilos, en medio de uno de los estanques alimentados por el Nonette y el Théve. Barcas empavesadas nos condujeron a la isla, cuya elección había determinado la existencia de un templo ovalado con columnas, que serviría de sala para el festín. Allí, como en Ermenonville, la región está sembrada de esos ligeros edificios propios de finales del siglo XVIII, en los que los filósofos acaudalados, siguiendo el gusto dominante de aquel entonces, se inspiraban para sus proyectos. Según creo, dicho templo estuvo primitivamente dedicado a Urania. Tres columnas habían cedido arrastrando en su caída una parte del arquitrabe; pero una vez limpio de escombros el interior de la sala, y suspendidas las guirnaldas entre las columnas, se remozó aquella ruina moderna, más acorde con el paganismo de Boufflers o de Chaulieu que con el de Horacio.


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