Sylvie
Sylvie La travesía del lago parecía haber sido ideada para evocar el Voyage á Cythére de Watteau. Sólo nuestras modernas vestimentas desmentían dicha ilusión. Tras ser sacado de la carroza que lo transportaba, el enorme ramo de la fiesta fue depositado en una barcaza; el cortejo de muchachas vestidas de blanco que, según la costumbre, lo acompañaban se sentó en los bancos, y la graciosa teoría, renovada desde la antigüedad, se reflejaba en las tranquilas aguas del estanque que la separaban de la orilla de la isla, rojiza bajo el sol, con sus espinosos matorrales, su columnata y sus ligeros follajes. Las barcas tardaron poco en atracar. La canasta de flores, portada ceremoniosamente, ocupó el centro de la mesa, a la que cada cual se sentó, resultando más favorecidos quienes lo hicieron al lado de las jóvenes: para ello bastaba con conocer a sus padres. Ésa fue la causa por la que volví a encontrarme junto a Sylvie. Su hermano, que ya se me había acercado en la fiesta, me había reprochado no haber visitado a su familia desde hacía mucho tiempo. Me disculpé diciendo que mis estudios me retenían en París, y le aseguré que había venido con esta intención.
—No, lo que ocurre es que se ha olvidado de mí —dijo Sylvie—. Somos pueblerinos, y París está tan por encima…