Sylvie
Sylvie Siguió registrando los cajones. ¡Cuántos tesoros, qué bien olÃan, cómo brillaban, qué tornasol de vivos colores y discreto oropel! Dos abanicos de nácar un poco rotos, cajas de madera con dibujos chinos, un collar de ámbar y mil fruslerÃas entre las que destacaban dos zapatitos de droguete blanco con hebillas incrustadas de diamantes de Irlanda.
—¡Oh, quiero ponérmelos! —dijo Sylvie—. Si encontrara las medias bordadas…
Al cabo de unos momentos desdoblábamos unas medias de suave seda rosa con los talones verdes; pero la voz de la tÃa, acompañada del chisporroteo de la sartén, nos devolvió repentinamente a la realidad.
—¡Baje inmediatamente! —dijo Sylvie, y, a pesar de mis protestas, no me permitió que la ayudara a calzarse.
Mientras, la tÃa acababa de disponer en una fuente el contenido de la sartén: una generosa loncha de tocino con huevos.
La voz de Sylvie volvió a llamarme enseguida.
—¡VÃstase, rápido! —ordenó y, completamente vestida, me mostró las vestimentas del guardabosque, dispuestas encima de la cómoda. En unos segundos, me convertà en un novio del siglo pasado. Sylvie me esperaba en la escalera y bajamos juntos, cogidos de la mano. La tÃa, al volverse, lanzó un grito.