Sylvie
Sylvie —¿Y yo, qué? —preguntó Sylvie que habÃa logrado abrir el famoso cajón. En su interior, encontró un traje largo, de tafetán, que al ser desdoblado dejaba oÃr los crujidos de los pliegues.
—Probaré qué tal me sienta —dijo—. ¡Ah, pareceré un hada antigua!
K ¡El hada eternamente joven de las leyendas!…», me dije.
Sylvie desabrochó su vestido de algodón y lo dejó caer a sus pies. El suntuoso traje de la vieja tÃa se ajustaba perfectamente al fino talle de Sylvie, que me pidió que lo abrochase.
—¡Oh, qué ridÃculas quedan las mangas abombadas! —exclamó.
Sin embargo, las bocamangas, adornadas con encajes, dejaban al descubierto sus brazos desnudos, y su seno encuadraba a la perfección en el limpio corpiño de tules amarillentos y cintas pasadas, que sólo en contadas ocasiones habÃa ceñido los desvanecidos encantos de la tÃa.
—¡Pero, acabe ya! ¿No sabe abrochar un vestido? —me dijo Sylvie.
ParecÃa la novia aldeana de Greuze.
—NecesitarÃamos polvos —dije.
—Vayamos a buscarlos.