Sylvie
Sylvie La seguí, subiendo rápidamente la escalera de madera que conducía a la alcoba. ¡Oh, juventud; oh, vejez, santas edades! ¿Quién hubiera pensado en mancillar la pureza de un primer amor en aquel santuario de fieles recuerdos? Un joven de otra época sonreía con sus ojos negros y su boca de encendidos labios desde un retrato oval, con marco dorado. Lucía el uniforme de los guardas de caza de la casa de Conde; su porte semimarcial, su rostro sonrosado y bonachón, su frente pura bajo los cabellos empolvados, mejoraban aquel pastel, acaso mediocre, con los encantos de la juventud y de la sencillez. Algún artista modesto, invitado a las cacerías principescas, se había aplicado en realizar el retrato del joven lo mejor que supo, al igual que el de su esposa, joven también, a quien podía verse en otro medallón, atractiva, maliciosa y esbelta en su corpiño abierto y adornado con cintas, con el rostro ladeado y dirigiendo mimosas muecas a un pájaro que se había posado en uno de sus dedos. Sin embargo, se trataba de la misma anciana que en aquel momento se hallaba cocinando, encorvada sobre el fuego del hogar. Tal contraste me indujo a pensar en las hadas de los Funámbulos que, bajo su arrugada máscara, esconden un rostro atractivo que descubren sólo al final, cuando aparece el templo del Amor y su sol giratorio resplandeciente de rayos mágicos.
—¡Oh, querida tía —exclamé—, qué guapa era!