Sylvie
Sylvie —Bien. Busca por arriba —contestó la tía—. Quizá encuentres algo en la cómoda.
—Déme las llaves —dijo Sylvie.
—¡Bah! —repuso la tía—. Los cajones están abiertos.
—No es verdad. Hay uno que siempre está cerrado.
Y, mientras la buena mujer limpiaba la sartén, después de haberla pasado por el fuego, Sylvie se hizo con una llavecita de acero labrado, que le colgaba de la cintura, y que me enseñó con gesto triunfal.