Sylvie

Sylvie

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—Tiene el cabello muy fino —dijo Sylvie.

—Esas cosas duran poco —repuso la tía—. Pero tenéis todo el tiempo por delante. Como tú eres morena, formáis buena pareja.

—Hay que darle de desayunar, tía.

Y empezó a buscar en los armarios, en la artesa, hasta que encontró leche, pan moreno y azúcar. Luego, dispuso encima de la mesa, sin demasiado esmero, los platos y las fuentes de porcelana esmaltada y decorada con grandes flores y gallos de llamativos plumajes. Un cuenco de porcelana de Creil lleno de leche, en la que flotaban unas fresas, ocupó el centro de la mesa, y, tras despojar al jardín de unos puñados de cerezas y de grosellas, arregló las flores en dos jarrones que colocó uno en cada extremo del mantel. Sin embargo, la tía dijo:

—Aquí sólo hay postres. Dejadme hacer a mí.

Descolgó la sartén y echó un haz de leña en la enorme chimenea.

—¡No te permito tocar nada! —le dijo a Sylvie que pretendía ayudarla—. ¡Estropear esas preciosas manos que hacen unas puntillas más hermosas que las de Chantilly! Me has regalado algunos de tus encajes, y yo de eso entiendo mucho.

—¡Por supuesto, tía!… Por cierto, si tuviera algún trozo de encaje antiguo… me serviría de modelo.


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