Sylvie
Sylvie —Porque me gustaban mucho los antiguos romances y ya no los sabrá cantar. Sylvie entonó el aria de una ópera moderna. ¡Fraseaba!
HabÃamos rodeado los estanques cercanos. Nos encontrábamos ante la verde pradera, circundada de tilos y de olmos, en la que tantas veces habÃamos bailado. Caà en la presunción de describir las antiguas murallas carlovingias y de descifrar los blasones del casa de Este.
—¡Vaya! ¡Ha leÃdo mucho más que yo! Es usted todo un sabio, ¿eh?
El tono de reproche me hirió. Desde hacÃa un buen rato, iba buscando un lugar apropiado para reemprender mi confesión de madrugada; pero ¿qué decirle ante la compañÃa de un asno y de un chiquillo muy avispado que se complacÃa en acercársenos cada vez más para oÃr hablar a un parisino? Entonces tuve la desgracia de contarle la aparición de Châalis, fija en mi memoria. Conduje a Sylvie a la misma sala del castillo en la que habÃa oÃdo cantar a Adrienne.
—¡Oh, deje que la oiga cantar! —le ped×. ¡Que su amada voz resuene bajo estas bóvedas y aleje el espÃritu que me atormenta, sea divino o fatal!
Y, tras musitar yo la canción, Sylvie repitió la letra y la melodÃa. ¡Descended, raudos, ángeles al fondo del purgatorio…!
—Es muy triste —dijo.